Te despiertas envuelto en sábanas pegajosas, al lado de tu chica de las mañanas. Le pegas una patada, un par de puñetazos en las costillas. Pero no importa, porque le has pagado. Y con el dinero en la mano y la nariz sangrante, ella te sonríe y te pregunta si quieres otra más. Tú ya estás desnudo. Asientes con la cabeza y también le sonríes. (¡Todos felices!)
Abandonas la habitación por la ventana. Escalas con las manos crujientes por la pared de ladrillos rojos. Por la pared de ladrillos rojos te resbalas, caes y ¡crack! Sí que importa porque esta vez no te han pagado.
Maldices y farfullas y suspiras. Corres por la carretera enseñando lo que hay debajo de tu ropa. Sientes el asfalto mordedor arañándote los pies. Y estás contento, porque corres, corres y corres. El alcohol se evapora por tu piel y tus esputos. La boca te sabe a sangre. Sangre terriblemente dulce.
Y cuando llegas a tu destino no puedes mirar atrás. No puedes.
Te ríes y no sabes por qué.
Después te tumbas en la carretera. Ahora estás esperando a un conductor ebrio.
viernes, 27 de agosto de 2010
viernes, 16 de abril de 2010
Más que escribir, cago
Respiro por la boca y mi cerebro hace cosas.
Ciclos, todo todo son ciclos. Naces, te mueres, naces otra vez, te mueres otra vez. Y la gente a la que les importas ríen, lloran, ríen otra vez y lloran otra vez. Y lo peor de todo es que nunca se inunda nada. Siempre hay demasiado tiempo para que se evapore. Y nadie se da cuenta. Parece que nada es aleatorio, que sigue un patrón determinado, que simplemente se repite de nuevo. Hasta esto es un tema recurrente, espera que lo diga... ¿ciclo?
Lo que pasa es que hay tantas cosas que pueden pasar. Pero siempre pasan las mismas.
Mientras tanto, mi cerebro hace cosas. Y respiro, por la boca.
Ciclos, todo todo son ciclos. Naces, te mueres, naces otra vez, te mueres otra vez. Y la gente a la que les importas ríen, lloran, ríen otra vez y lloran otra vez. Y lo peor de todo es que nunca se inunda nada. Siempre hay demasiado tiempo para que se evapore. Y nadie se da cuenta. Parece que nada es aleatorio, que sigue un patrón determinado, que simplemente se repite de nuevo. Hasta esto es un tema recurrente, espera que lo diga... ¿ciclo?
Lo que pasa es que hay tantas cosas que pueden pasar. Pero siempre pasan las mismas.
Mientras tanto, mi cerebro hace cosas. Y respiro, por la boca.
lunes, 22 de marzo de 2010
Desvaríos para rellenar
Tú, sí, tú. ¿Alguna vez te has decidido a hablarme? ¿Me has mirado, siquiera?
Eres bonita y eres algo. Te odio. Cómprate una moto y después me compras un motor. Y después te matas y me regalas la moto y yo te regalo el motor. Y si acaso después me mato yo. Sólo si me lo pides por favor.
Eres bonita y eres algo. Te odio. Cómprate una moto y después me compras un motor. Y después te matas y me regalas la moto y yo te regalo el motor. Y si acaso después me mato yo. Sólo si me lo pides por favor.
miércoles, 17 de febrero de 2010
El tiempo se escurre por el agujero del lavabo
La gente suele decir que pierdo el tiempo.
Con la nariz atascada, abro la boca y tomo una bocanada con esfuerzo. Los labios se resecan y se resquebrajan. Una sensación extraña se mueve dentro de mí. Los ojos empiezan a crear lágrimas. El tiempo, el tiempo. Se me escapa. Es tan grande que no lo abarco con mis brazos. No sé manejarlo, no lo controlo, me sobrepasa. Y me paso horas con los ojos muy abiertos, la boca muy abierta, la mente muy cerrada. Sin pensar, en una postura incómoda. Y a veces también me duele todo pero no me levanto. Sigo sentado, perdiendo mi tiempo, oyendo cómo se resbala. ¡No puedo cerrar el grifo! Vaya problema, me voy a ahogar.
Con la nariz atascada, abro la boca y tomo una bocanada con esfuerzo. Los labios se resecan y se resquebrajan. Una sensación extraña se mueve dentro de mí. Los ojos empiezan a crear lágrimas. El tiempo, el tiempo. Se me escapa. Es tan grande que no lo abarco con mis brazos. No sé manejarlo, no lo controlo, me sobrepasa. Y me paso horas con los ojos muy abiertos, la boca muy abierta, la mente muy cerrada. Sin pensar, en una postura incómoda. Y a veces también me duele todo pero no me levanto. Sigo sentado, perdiendo mi tiempo, oyendo cómo se resbala. ¡No puedo cerrar el grifo! Vaya problema, me voy a ahogar.
jueves, 4 de febrero de 2010
Mientras se atragantaba con la goma de borrar, pensaba en su ti. Debería darte vergüenza que alguien piense en ti justo en ese momento. Es como si fueses un castigo. Sí, verte en los últimos instantes antes de asfixiarse debe ser aterrador.
Bueno, sé que pensaba en ti antes de que me lo contara, por la cara que puso. Eres vomitivo, o incluso vomitiva.
Paco se pregunta por qué su vida es como es. Él la vive, él la siente, él es parte de sus momentos. No es uno más, es el protagonista. Paco muchas veces ha querido hacer otras cosas, ha querido probar cosas nuevas. Paco murió ayer. Paco era un gilipollas.
Es extraño. He escrito todo esto sin pensar absolutamente en nada. He dejado a mi subconsciente libre, libre. Quizá este sea el verdadero reflejo de nuestra mente calenturienta y monstruosamente humana, porque desde luego el que escribe estas últimas palabras no soy yo. Es mi cerebro. Sí, mi pt cerebro.
(Se nota que es él porque no ha dejado a mi mano escribir puto).
Paco es un nombre muy estúpido.
Bueno, sé que pensaba en ti antes de que me lo contara, por la cara que puso. Eres vomitivo, o incluso vomitiva.
Paco se pregunta por qué su vida es como es. Él la vive, él la siente, él es parte de sus momentos. No es uno más, es el protagonista. Paco muchas veces ha querido hacer otras cosas, ha querido probar cosas nuevas. Paco murió ayer. Paco era un gilipollas.
Es extraño. He escrito todo esto sin pensar absolutamente en nada. He dejado a mi subconsciente libre, libre. Quizá este sea el verdadero reflejo de nuestra mente calenturienta y monstruosamente humana, porque desde luego el que escribe estas últimas palabras no soy yo. Es mi cerebro. Sí, mi pt cerebro.
(Se nota que es él porque no ha dejado a mi mano escribir puto).
Paco es un nombre muy estúpido.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Negro, amarillo y rojo (¿Alemania?)
Al final me ha quedado bastante regular, pero no voy a releerlo para cambiarlo. (¡Son las dos y estoy en pijama!)
Se sentaron los tres en una mesa apartada del bar.
Un camarero con un bigote refinado y un tupé digno de Elvis Presley se les acercó, y les dirigió una sonrisa poco agraciada, empalagosa y poco creíble.
—¿Qué desean?
Uno a uno fueron pidiendo batidos, refrescos o lo que fuera.
—¿Y tú, no quieres nada? -le preguntó a la chica de negro.
—No.
—¿En serio? ¿No quieres un café, té, coca-cola, cerveza…?
—No, gracias.
—¡No puedo creerlo! —dijo riéndose— Venga, no tengas vergüenza y pide lo que quieras.
Cerró el puño.
—Se me acaba el tiempo… -bromeó el camarero tocándose un reloj que no tenía.
—Traiga agua mineral —acabó cediendo, con una mirada asesina.
El camarero se fue canturreando una canción que mejor no recordar.
—¿Hace un poco de calor aquí, no? —preguntó la chica rubia. Teniendo en cuenta que hacían 5 grados, no se extrañó al recibir miradas también extrañas. Sin esperar respuesta, se quitó la blusa semitransparente que llevaba puesta y se quedó con un top. Acompañado, claro está, de una minifalda que hacía honor a su nombre. Sacó del bolso un surtido de polvos y pinturas y, con un pequeño espejo, comenzó a retocarse. No podía estar más buena.
La chica rubia guiñó el ojo a alguien o a nadie y se cruzó de piernas, mientras se tocaba el escote sensualmente y resoplaba acalorada.
La chica de negro la miró asqueada. Los ojos con brillo verde, los labios rosa refulgente, los pómulos escondidos bajo una humareda de carmines. Si hasta parecía que llevaba purpurina. En esa postura tan animal y tan guarra. Suspiró y se entretuvo jugueteando con las pulseras de pinchos y las cadenas que tenía colgadas del cuello. Cogió un bolígrafo del bolso mágico de la rubia y marcó unas líneas trasversales a lo largo de su muñeca, mientras recordaba las venas y arterias que afloraban cuando apretaba la mano. Algún día se decidiría.
Mientras tanto, el pelirrojo sudaba, pero no de calor. La chica rubia no paraba de lanzar indirectas, pero él sabía que no iban a él. Llevaba desde el parbulario profundamente enamorado de ella. Suspiraba cada vez que ella parpadeaba, se derretía cada vez que ella se dignaba a mirarle. Se sentía como un súbdito de una reina, esperando a que ella le concediese un abrazo. Era la primera vez que se había sentado a su lado. Era un gran paso. No le había importado mucho que la chica de negro les acompañase. Es más, ni siquiera la había mirado desde que habían llegado.
La chica de negro observó la escena. Qué patético era el pelirrojo, qué puta era la rubia. En el fondo le hacía gracia.
La chica rubia se estaba cansando. El pardillo que tenía a su lado y la gótica al otro eran la peor compañía para su elevado pero inestable estatus social. Se levantó y se fue sin despedirse. El camarero llegaba pegando saltitos con una bandeja. Se chocaron, se cayeron, se hicieron daño. Pero qué importaba.
La chica de negro se levantó, le pegó una soberana patada en la nariz al camarero y se esfumó. Le encantaba esfumarse.
El pelirrojo se afanó en darle un pañuelo a la rubia y en preguntarle cómo estaba. Le encantaba arrastrarse.
Y la chica rubia gritaba barbaridades e insultaba al camarero. Le encantaba… existir.
Se sentaron los tres en una mesa apartada del bar.
Un camarero con un bigote refinado y un tupé digno de Elvis Presley se les acercó, y les dirigió una sonrisa poco agraciada, empalagosa y poco creíble.
—¿Qué desean?
Uno a uno fueron pidiendo batidos, refrescos o lo que fuera.
—¿Y tú, no quieres nada? -le preguntó a la chica de negro.
—No.
—¿En serio? ¿No quieres un café, té, coca-cola, cerveza…?
—No, gracias.
—¡No puedo creerlo! —dijo riéndose— Venga, no tengas vergüenza y pide lo que quieras.
Cerró el puño.
—Se me acaba el tiempo… -bromeó el camarero tocándose un reloj que no tenía.
—Traiga agua mineral —acabó cediendo, con una mirada asesina.
El camarero se fue canturreando una canción que mejor no recordar.
—¿Hace un poco de calor aquí, no? —preguntó la chica rubia. Teniendo en cuenta que hacían 5 grados, no se extrañó al recibir miradas también extrañas. Sin esperar respuesta, se quitó la blusa semitransparente que llevaba puesta y se quedó con un top. Acompañado, claro está, de una minifalda que hacía honor a su nombre. Sacó del bolso un surtido de polvos y pinturas y, con un pequeño espejo, comenzó a retocarse. No podía estar más buena.
La chica rubia guiñó el ojo a alguien o a nadie y se cruzó de piernas, mientras se tocaba el escote sensualmente y resoplaba acalorada.
La chica de negro la miró asqueada. Los ojos con brillo verde, los labios rosa refulgente, los pómulos escondidos bajo una humareda de carmines. Si hasta parecía que llevaba purpurina. En esa postura tan animal y tan guarra. Suspiró y se entretuvo jugueteando con las pulseras de pinchos y las cadenas que tenía colgadas del cuello. Cogió un bolígrafo del bolso mágico de la rubia y marcó unas líneas trasversales a lo largo de su muñeca, mientras recordaba las venas y arterias que afloraban cuando apretaba la mano. Algún día se decidiría.
Mientras tanto, el pelirrojo sudaba, pero no de calor. La chica rubia no paraba de lanzar indirectas, pero él sabía que no iban a él. Llevaba desde el parbulario profundamente enamorado de ella. Suspiraba cada vez que ella parpadeaba, se derretía cada vez que ella se dignaba a mirarle. Se sentía como un súbdito de una reina, esperando a que ella le concediese un abrazo. Era la primera vez que se había sentado a su lado. Era un gran paso. No le había importado mucho que la chica de negro les acompañase. Es más, ni siquiera la había mirado desde que habían llegado.
La chica de negro observó la escena. Qué patético era el pelirrojo, qué puta era la rubia. En el fondo le hacía gracia.
La chica rubia se estaba cansando. El pardillo que tenía a su lado y la gótica al otro eran la peor compañía para su elevado pero inestable estatus social. Se levantó y se fue sin despedirse. El camarero llegaba pegando saltitos con una bandeja. Se chocaron, se cayeron, se hicieron daño. Pero qué importaba.
La chica de negro se levantó, le pegó una soberana patada en la nariz al camarero y se esfumó. Le encantaba esfumarse.
El pelirrojo se afanó en darle un pañuelo a la rubia y en preguntarle cómo estaba. Le encantaba arrastrarse.
Y la chica rubia gritaba barbaridades e insultaba al camarero. Le encantaba… existir.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Moco
Vomité tus palabras en el váter y me acosté en aquella cama.
Al día siguiente, o quizás el mismo, el calor me despertó. Las sábanas sucias, los muelles se clavaban. El suelo lleno de pañuelos y colores.
Pero fuera, el arcoiris despuntaba y el sol simplemente estaba, las nubes eran como papel mojado en un cubo de agua azul. Los pajaritos cantaban alegres y la gente paseaba a sus perros o se paraba a hablar en medio de la calle. Me sentí una ironía. ¿Por qué? ¿Por qué qué?
Cogí de la escupidera la carta que te escribí anoche. La tiré por la ventana. Quizás el sol, el arcoiris, las nubes o los pajaritos hicieran algo mejor con ella.
Y entonces se me ocurrió pensar "Si el que escribe no sabe lo que escribe, el que lee menos aún."
Al día siguiente, o quizás el mismo, el calor me despertó. Las sábanas sucias, los muelles se clavaban. El suelo lleno de pañuelos y colores.
Pero fuera, el arcoiris despuntaba y el sol simplemente estaba, las nubes eran como papel mojado en un cubo de agua azul. Los pajaritos cantaban alegres y la gente paseaba a sus perros o se paraba a hablar en medio de la calle. Me sentí una ironía. ¿Por qué? ¿Por qué qué?
Cogí de la escupidera la carta que te escribí anoche. La tiré por la ventana. Quizás el sol, el arcoiris, las nubes o los pajaritos hicieran algo mejor con ella.
Y entonces se me ocurrió pensar "Si el que escribe no sabe lo que escribe, el que lee menos aún."
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